Documento leído en el acto realizado en nuestra Facultad a 30 años de la última dictadura millitar
MEMORIA Y CONTRA MEMORIA
Introducción:
La ideología dominante, en toda sociedad de clases, es de la clase dominante. A través de una serie de mecanismos impone una visión determinada del mundo con el fin de justificar sus acciones políticas. Presiona sobre la historia, distorsionando la realidad y decidiendo que es lo que, efectivamente, conviene que se sepa y que no. Sin embargo, existen lugares a los cuales ella no puede llegar o no cuenta con la fuerza suficiente para intervenir y disolver ciertos focos de resistencia que rechazan la historia oficial.
Uno de esos lugares, en los cuales se le complica el ejercicio del poder, es en el proceso de construcción de la memoria, porque no existe una sola memoria. Se trata de una lucha entre diferentes memorias, cada una de las cuales se corresponde a una determinada clase social. Pero en esta lucha de memorias la hegemonía es de la clase dominante.
En este sentido, queremos expresar la necesidad acerca del estudio de las memorias porque luchamos por una historia construida por todos y que contenga a todos. Hablamos de una historia que se propone, como fin inmediato, desenterrar las historias mas ocultas y escondidas, iluminar la escalofriante oscuridad, sacar a la luz la historia subterránea jamás contada por la clase dominante.
Cuando hablamos de memoria nos referimos al recuerdo colectivo que se construye entre los hombres. Se trata de cuestiones muy significativas que plasman profundas huellas en la sociedad. En el caso de Argentina con 30.000 desaparecidos, desde la dictadura de los setenta y todavía seguimos exigiendo juicio y castigo a los asesinos y a quienes planificaron esa masacre.
Sin embargo, esta nueva generación, quienes levantamos las banderas revolucionarias de aquella época, le imprimimos otro significado, lo resignificamos. Esto es así porque el momento en el cual nos toca vivir es otro, por lo tanto, nuestras demandas contienen nuevas reivindicaciones.
Queremos remarcar que la memoria esta inserta en una dinámica de continuo movimiento, de construcción y reconstrucción y, por lo tanto, dialécticamente relacionada con las experiencias del presente. La existencia de diferentes memorias es producto de la influencia que ejerce el contexto social en el cual están inmersos los hombres y mujeres. La lucha entre memorias opuestas tiene su correspondencia en lo económico, social y político, es decir en la lucha de clases. En esta dirección, Jelin plantea “En cualquier momento y lugar, es imposible encontrar una memoria, una visión y una interpretación únicas del pasado, compartidas por toda una sociedad. Pueden encontrarse momentos o periodos históricos en los que el consenso es mayor, en los que un libreto único de la memoria es más aceptado o hegemónico. Normalmente, ese libreto es lo que cuentan los vencedores del conflicto y batallas históricas. Siempre habrá otras historias, otras memorias e interpretaciones alternativas. Lo que hay es una lucha política activa acerca del sentido de lo ocurrido, pero también acerca del sentido de la memoria misma."[1]
La reconstrucción de la memoria ofrece un escenario de lucha y la posibilidad de dar una batalla a la historia oficial. Nos permite disputarle, a la clase dominante, la hegemonía sobre nuestro pasado mas reciente y romper con el silencio que tanto beneficia a aquella clase. Porque buscamos en el pasado la clave de nuestro presente, es de gran importancia la construcción de una historia librada de engaños y distorsiones.
En primer lugar queremos destacar que la hegemonía de la memoria del silencio corresponde a diversos factores que están en juego e interactúan. Uno de ellos es el terror ejercido por el Estado de Facto y la difusión del temor en toda la sociedad. El miedo a la expresión se ha transmitido de generación en generación, la represión todavía ejerce un control importante sobre nuestras cabezas impidiendo la manifestación de nuestros sentimientos.
El otro factor de gran importancia, respecto a la configuración de este tipo de memoria, es el rol jugado por el Estado. El Estado democrático posdictatorial, cuyo presidente era Alfonsin, solo le interesaba la búsqueda de la estabilidad política, económica y social con el fin de preservar el orden burgués. La prioridad era entonces, la de generar las mejores condiciones posibles para lograr las inversiones de capital. Pero para alcanzar dicho objetivo, ha tenido que sacrificar la memoria de su pueblo en pos de aquel ideal de tranquilidad social. Se piensa que no es momento de recordar, la paz burguesa es la prioridad. Una paz que esta lejos de ser real, por el contrario, es un ideal, una mentira, casi un infierno.
En segundo lugar, nos interesa señalar que la defensa de “La teoría de los dos demonios” tiende a ofrecer un escenario supuestamente neutral: dos males que se enfrentan. Es de vital importancia entender que en los años 70 estalla una lucha, que se venia gestando anteriormente, entre dos proyectos de sociedad antagónicos. No se comprende que cuando se analiza este fenómeno histórico, necesariamente, uno debe tomar posición, no cabe la posibilidad de colocarse en un lugar neutro. Porque lo que estaba en juego era el futuro del país, se trataba de una lucha ideológica entre dos proyectos de país opuestos. El de la abolición de la explotación del hombre por el hombre, o bien el plan siniestro de reforzar las cadenas mediante la imposición forzosa del modelo neoliberal.
La dictadura no construyó un fin en si mismo. Fue mas bien un medio que posibilito la imposición del modelo neoliberal. En una sociedad en la cual la conciencia de clase del movimiento obrero pisaba tan fuerte, era imposible el avance de la clase dominante sin el ejercicio de la violencia militar, policial y parapolicial. En este sentido debemos entender, que la dictadura implicó la derrota de un ideal revolucionario y el triunfo, una vez más, de la burguesía.
Al silencio le sucede el olvido. Mediante una política sistemática por parte del Estado, expresada en los indultos firmados por Menem, se abre una segunda fase en la construcción de la memoria entre los años ’89 y ’90. La cual se ha dado a conocer como “La teoría de reconciliación nacional”, esta visión supone el reencuentro y la reconciliación entre las dos facciones. Se trata de una memoria del olvido, que ejerce un poder de amnesia sobre la mentalidad de la sociedad impidiendo el recuerdo colectivo.
El objetivo era sepultar a la memoria, a través de los mecanismos de impunidad e injusticia. Sin embargo, dicho objetivo se desvanece rápidamente. En el ’96 H.I.J.O.S (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) irrumpe en el escenario político y social, lo moviliza la búsqueda de la verdad y la justicia e impone en la agenda del Estado la necesidad de discutir nuestro pasado mas reciente. Parecen, ahora si, estar dadas las condiciones subjetivas para una nueva construcción del sentido de la memoria, el dolor se colectiviza y el proceso militar comienza a recordarse como un trauma social, como un fenómeno que ha afectado a la sociedad en su conjunto. Los hijos de desaparecidos rechazan el termino victima para referirse a sus padres, eligiendo el de militante con sus respectivos proyectos políticos, el de trabajador y revolucionario.
Podemos concluir expresando que en esta ultima etapa, motorizada por H.I.J.O.S, Madres de Plaza de Mayo y todo el espacio de los Derechos Humanos, se ha provocado un giro en la dirección de la memoria en pos del recuerdo y contra el olvido. En este sentido, planteamos que se ha ganado una primera batalla contra el silencio y el olvido negociado entre la sociedad y el Estado. Se ha logrado hacer conciente nuestro pasado mas reciente.
En este sentido, es de vital importancia reconstruir una memoria que explique cual fue la implicancia de la dictadura, la forma en la cual se violaron todos los derechos de los hombres, quiénes apoyaron tal régimen perverso, quiénes callaron y quiénes resistieron. Encontrar la relación de ese pasado con nuestro presente, vincular los muertos de ayer y de hoy, es una necesidad que se nos impone, por ser todos ellos muertos de un mismo asesino.
La dictadura no es un hecho del pasado, ni un hecho intocable confinado a los límites de la memoria, al que solo nos podemos remitir con nostalgia o con bronca como el simple recuerdo de un nefasto periodo de nuestra historia. La dictadura no es un “periodo particular” consumado en un lapso de 7, 8, o 20 años, que responda a una determinada crisis del dominio y que termina cuando esta ya no es tal. La dictadura es la muerte diaria de niños por desnutrición o falta de asistencia, los altos índices de analfabetismo, indigencia y desocupación, los continuos embates a las condiciones de trabajo y los salarios, la continua represión a las expresiones de lucha que reivindican los Derechos Humanos mas básicos, etc.
El contexto histórico:
Dicho plan de exterminio fue la respuesta ante la crisis que se desata a nivel mundial a comienzos de los años ’70, producto de la insubordinación generalizada que se había experimentado durante el año 1968 en las metrópolis y diversas luchas insurrecciónales del Tercer mundo (encabezadas por la revolución de liberación nacional cubana en América Latina), el modelo hegemónico de capitalismo tardío de posguerra entra en crisis. A ello se suma una crisis aguda del petróleo y otra crisis del dólar, en el terreno económico. Producto de esas múltiples crisis a nivel mundial, el capitalismo retoma la ofensiva económica, política, militar e ideológica que había ido perdiendo a lo largo del siglo. De allí en mas se impone como tarea doblegar a la clase obrera metropolitana, derrotar a los movimientos insurrecciónales del Tercer Mundo y fracturar a los países del bloque del Este.
La ideología que legitima esa ofensiva a nivel mundial se llama: neoliberalismo. Este retoma del antiguo liberalismo del siglo XVIII (18) la bandera de la apertura comercial sin límites y la libre circulación económica del capital, pero combinada con las formas políticas dictatoriales, fascistas y represivas e ideas culturales extremadamente conservadoras y autoritarias.
El primer “experimento” politico a nivel mundial de la nueva ofensiva capitalista neoliberal fue el golpe de Estado de Chile en 1973 realizado por el general Pinochet contra el presidente socialista Salvador Allende. De allí en mas, luego de generalizar la experiencia capitalista de nuevo cuño a sangre y fuego por todo el continente latinoamericano, Margaret Thacher en Inglaterra y Ronald Reagan en EEUU aplicaron las nuevas recetas para el mundo metropolitano, a esto se le sumo la crisis terminal interna del bloque del Este (que derivo en la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS) y una nueva revolución tecnológica de las comunicaciones.
Producto de esa gama de precesos articulados, el capitalismo, que había nacido hacia cinco siglos como sociedad de expansión, vuelve a sufrir una nueva expansión planetaria. Una de las principales características de esta nueva etapa del imperialismo – cada vez más agresivo y guerrerista – es la internacionalización de la producción. No solo de las finanzas, como dicen los periódicos liberales.
Con el neoliberalismo, el Estado no desaparece, como afirman las academias universitarias latinoamericanas: cambia de función.
Abandonando el estilo de intervención que venia realizando desde aproximadamente 1930 y principalmente desde fin de la segunda guerra mundial, el nuevo Estado capitalista neoliberal continúa interviniendo para garantizar la renta, la ganancia y el interés de los empresarios. Se retira de los servicios (salud y educación, por ejemplo) pero cada vez esta más presente en el terreno de la represión interna y la criminalización de las protestas obreras y campesinas. Junto a la represión política, crece el militarismo y la superexplotación de la clase obrera.
El nuevo capitalismo imperialista redobla la asimetría de poder y la dominación a escala mundial hasta grados inimaginables. Actualmente, 600 empresas monopolicas transnacionales controlan los Estados de las grandes potencias capitalistas y el mercado mundial. Los pueblos del Tercer Mundo cada vez están más sometidos. Según un informe de las Naciones Unidas, la fortuna de los 358 individuos más ricos del planeta es superior a las entradas anuales sumadas del 45 % de los habitantes más pobres de la tierra. Según ese mismo informe, más de 800 millones de seres humanos pasan hambre y alrededor de 500 millones de individuos sufren de mal nutrición crónica.
Y a lo largo de la historia de la humanidad periódicamente, cuando la crisis se vuelve aguda y ya no bastan los mecanismos “democráticos” para mantener a raya al pueblo, las fuerzas represivas pasan inmediatamente al primer plano. Así ocurrió durante el genocidio y la desaparición de personas durante las luchas sociales de los años ’60, ’70 y ’80 en América Latina. Y más cercano aun, en tiempo histórico, fue la masacre del 19 y 20 de diciembre del 2001 y la masacre en el puente Avellaneda el 26 de junio del 2002.
Esta violencia no tiene nada que ver con la violencia de abajo, la de un hombre del pueblo alcoholizado que toma un cuchillo y sale a pelear irracionalmente a la calle contra sus vecinos. Tampoco tiene nada que ver con la violencia entre pandillas juveniles en un barrio periférico de cualquier ciudad del mundo. Por supuesto que tampoco tiene nada que ver con que tres militantes sindicales le tiren piedras, durante una huelga de colectivos, al vidrio de un rompehuelgas.
A diferencia de cualquiera de estos ejemplos (y muchísimos otros análogos), la violencia del Estado es Sistemática, es una violencia racionalmente planificada, es una violencia oficial que cuenta con miles y miles de profesionales entrenados y una inmensa y poderosa maquinaria de guerra. La violencia del Estado es una violencia de arriba.
LA RESISTENCIA:
PERO, ya han pasado al menos 3 décadas de lucha, convirtiendo en utópico el anhelo de perpetuación de la burguesía dominante: prueba de ello son las crecientes expresiones de lucha y los progresivos niveles de organización de las mismas que se vislumbran en Latinoamérica y en todo el globo. [Por citar algunas, el EZLN en México, el MST de Brasil, los movimientos de cocaleros en Bolivia, las fabricas recuperadas y los movimientos piqueteros en nuestro país, las grandes movilizaciones anti-globalización que hostigan a toda la Europa occidental, etc.]
Estas expresiones de resistencia no constituyen, en modo alguno, hechos aislados, sino que, por el contrario, son resultado necesario e inevitable de todo sistema social basado en la explotación del hombre por el hombre (como lo es el actual sistema capitalista) y que, por tanto, encontrarán el final de su existencia solo en forma paralela a la extinción de la sociedad de clases.
Por todo esto creemos que la resistencia debe trascender el mero significado etimológico de la palabra y comprenderse en toda su significancia científico-histórica. La resistencia es, fundamentalmente, una construcción: una construcción de una nueva sociabilidad, de nuevos valores y, en definitiva, de una nueva humanidad.
Para ello debemos tomar las experiencias históricas, criticarlas, replantearlas y crear nuevas. Esa es nuestra tarea más que nunca. Las circunstancias, mas la reconstrucción histórica, nos obliga y nos impulsa a ello. Es nuestro deber en esta etapa histórica, es el legado que nos dejaron los que lucharon y resistieron durante años y décadas. Somos parte de esa lucha que no tiene tiempo ni dueño, es la lucha de los que no toleran, no justifican, ni se resignan al sufrimiento de una gran parte de la sociedad. Porque somos hacedores de la historia y no esclavos de ella, porque no nos resignamos a creer que nuestra suerte esta echada.
Entonces, afirmamos ¡que la lucha continúa!!
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